Adolfo Cambiaso pasó por Otro día perdido el 3 de septiembre para una conversación de 71 minutos con Mario Pergolini. El encuentro llevó el polo a la televisión abierta desde un lugar poco habitual: menos concentrado en los resultados y más atento a la vida que existe detrás de una carrera extraordinaria.
Cambiaso recordó que comenzó a jugar profesionalmente en 1991, después de recibir su primera oportunidad a los 14 años. El talento le permitió llegar rápido, pero en la entrevista subrayó que la dificultad verdadera estuvo en mantenerse durante 37 años en la máxima exigencia.
A los 51 años continúa compitiendo y compartiendo equipo con su hijo Poroto y su sobrino. Admitió, sin embargo, que atraviesa sus últimos partidos. Cuando Pergolini le preguntó por el deseo de seguir, resumió la contradicción con una frase: “La cabeza sí, el cuerpo no”.
La parte más directa de la charla apareció al enumerar las consecuencias físicas de su trayectoria: lesiones en los dos aductores mayores, problemas de espalda, hernia de disco y ciática. “Estoy todo roto”, dijo, y explicó que el dolor forma parte incluso de acciones cotidianas. También contó que los kinesiólogos viajan con él y que su esposa, María Vázquez, le recuerda que la carrera en algún momento debe terminar.
La conversación recorrió además la evolución de la cría y la clonación de caballos, uno de los campos en los que Cambiaso transformó el polo moderno. El tema abrió un intercambio con Pergolini sobre cuánto define la genética y cuánto depende de la historia, el entrenamiento y el vínculo construido con cada ejemplar.
Más que anunciar una despedida, la entrevista mostró a un competidor todavía activo que reconoce el costo de sostenerse en la cima. Esa tensión —el deseo intacto frente a un cuerpo que marca límites— dejó el retrato más claro del momento actual de Cambiaso.